Eso de que "para muestra basta un botón" es bastante relativo en el universo de la televisión. Todavía pueden encontrarse en Internet columnas de opinión firmadas en marzo en las que, basándose en el primer capítulo de "Graduados", algunos críticos le enrostraban estar plagado de estereotipos o flaquear en las caracterizaciones de los flashbacks. Y luego miren qué pasó: el producto de Sebastián Ortega no solo es el gran éxito del año y el campeón indiscutido del prime time, sino que además, frente a la inminencia del final, pululan en las redes sociales preguntas como "¿qué vamos a hacer cuando termine Graduados?".
Todas estas aclaraciones para decir que el debut de "Mi amor, mi amor" -la nueva comedia de Telefe, acerca de un hombre que se enamora de dos mujeres- fue, para calificarlo en términos cautos, un poco sobrio tirando a aburrido. Más allá del trío protagonista (Juan Gil Navarro, Jazmín Stuart y Brenda Gandini), las actuaciones no son descollantes. Y al televidente le importaría un comino esto si la comedia lograra la función que le es inherente: hacer reír. O al menos provocar una sonrisa. O al menos sorprender con alguna línea original, que descoloque a la audiencia.
Pero no lo hace o no lo hace bien (la esteticista que se olvida de retirarle una crema abrasiva a su paciente ha sido uno de los momentos más hilarantes del debut). Entonces, el público, disperso y sin muchas atracciones de las que sujetarse, comienza a reparar en los gestos exagerados (¿por qué Laly, el personaje de Gandini, se exaspera tanto cuando su padre le sugiere que se case?); en las escenas predecibles (¿cuantos de los que vieron la tira no imaginaron que el novio de Laly era un chanta?); o en los puntos flojos del argumento (¿puede Juan desmoronarse tanto por qué su novia prefiera posponer la maternidad?). Y ni hablar de ese primer diálogo entre el bombero y Laly, cuando ella no quiere ser salvada de un incendio porque acaba de descubrir que su novio le es infiel, y él invoca al dios Di Caprio y le suelta algo así como: "si vos saltás, yo salto". Fuerte.
Pero hay esperanzas, porque probado está que un botón no es la muestra. Y quizás también quepa en este caso aquel otro dicho popular que advierte que tropezón no es caída.